miércoles, 14 de septiembre de 2011

Valores infravalorados

Y te paras a pensar, mientras el baso que sostenían tus lánguidos dedos, comienza a resbalar hasta que cae al suelo. Y ni el gran estruendo que forma consigue despertarte de tal horrible sueño, bueno, más que sueño, de tus recuerdos.

Empiezas a pensar en como eres, en como eras. Una mezcla de ilusa, creativa, soñadora, infantil, loca, independiente, pero dependiente, impaciente y con un pequeño toque de soberbia, orgullo, mezquindad y cinismo (yo lo suelo llamar justicia) que no favorece en absoluto a todo lo anterior. Y digo todo esto, porque estoy un poco cansada. Esa sensación en el pecho de algunos días que te levantas, como si te diesen un puñetazo y el hueco que deja no se ha rellenado al acostarte y te sientes tan vacía como cuando te levantaste. Siempre pienso que no es acertado culpar a otros, porque creo que no es muy probable que todo el mundo tenga la culpa, aunque quizás sea en parte un poco el mundo y en parte un poco yo, a saber. Pero lo que más gracia me hace, es que me he dado cuenta que hay días en los que me levanto con tanta fuerza, que la tierra se queda pequeñita a mi lado. Y que solo unas risas, unas caricias, unos cuantos mimos y arrumacos y un poquito de antención me hacen falta para amanecer así. Así que llegados a este punto del asunto y con mucho que me duela reconocerlo, tengo que decir que desde pequeña, tengo una puta carencia emocional y afectiva bastante grande.






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