martes, 12 de noviembre de 2013

El amuleto.

Cuenta la leyenda que era fuerte y delicada como una rosa espinada. Cuando abría los ojos al alba, sonreía, porque sentía el mundo. Un mundo que ella tenía entre sus manos. Lo tenía todo y lo sabía. Por las noches se hacía pequeña pensando en los infortunios de la vida, y lloraba. Lloraba de pena al no poder hacer nada. Lloraba sin miedo y con rabia. Era tan frágil y pequeña. Nadie le enseñaba a vivir, sabía lo valioso que era el tiempo. Vivía cada segundo como si fuera el último. Eso era lo único que le habían enseñado. Tenía un pequeño amuleto de gran valor que la mantenía cuerda. La despertaba por las mañanas con su brillo y se llenaba de él. Nada había conseguido tal cosa, pero ese amuleto tenía algo "especial". Se pasaba las tarde escuchando al viento, acariciándolo, meciéndose en él. Algo normal para alguien que de niña miraba pompas de jabón esperando que cambiasen de color. Un frío día de primavera, perdió su amuleto. Por más que buscaba no lograba encontrarlo. Se había ido. Gritaba por las noches con la esperanza de que la escuchase y volviese. No concebía que se fuera. Lo triste era que ella no sabía que jamás iba a volver. Se marchó sin decirle adiós. Dejándola sola, ante ese mundo que tan poco comprendía. Pasaban los días mirando al cielo, pero no la consolaba, nada lo hacía. A veces sonreía, pero no de la misma forma. Era una mentira que se repetía a diario para poder sobrevivir. Se engañaba acumulando besos que no podría dar, porque no tenía a quien dárselos. Y cuando se daba cuenta,  las lágrimas rompían su máscara. Pasaba la vida sentada en algún lugar, sabiendo que todo aquello acabó antes de que ella pudiera darse cuenta.


N.


sábado, 2 de noviembre de 2013

La pequeña meretriz.

Se acariciaba bajo las sábanas color coral. Ellas contaban una historia que nadie sabía. Habían visto tanto dolor. Habían secado tantas lágrimas. Sollozos escondidos bajo la seda. Se sentó en el borde de la cama a mirar la mañana. La nieve de los tejados se derretía e impregnaba las calles con matices de primavera. Pequeñas gotas iban muriendo tras la ventana. Los rayo de sol iluminaban la habitación, la hacían más cálida. Descalza, se dispuso a preparar café. El olor le hizo sonreír por un momento, le recordaba tiempos mejores en los que fue feliz.
Mientras se vestía, intentaba engañarse. Prendas que indicaban seducción, seguridad, elegancia... Entalladas en un cuerpo vacío.


N.

Catarsis emocional, máscaras y demás mierdas desordenadas.

Hoy me escribo a mi.

Jamás voy a entender, porque tendemos a complicarnos. Nos gusta recordar lo que ya no tenemos. Los recuerdos son importantes, el problema es la visión que cada uno tenemos de ellos. El sabor agridulce que nos producen. El sentirnos gilipollas... Adoramos sentirnos como auténticos subnormales.
Una, que ya ha jugado antes esta liga, se plantea muchas cosas.

Las decisiones que tomamos son, en un alto porcentaje, pura intuición. Y los seres humanos de eso sabemos mucho. Sin embargo, nos equivocamos con frecuencia. A veces creo que nuestro propio cerebro nos la juega, porque necesita darse de bruces contra el cemento para funcionar. Para seguir aprendiendo. Tendemos a querer lo que no podemos tener o lo que no debemos desear. Al sufrir, nos provocamos ese efecto placebo que tanto nos gusta. Digo placebo, porque pensamos que nos sentiremos tan vivos como en ese momento siempre. La catarsis emocional nos llega a todos, avisando con pequeños detalles que parecen no tener importancia. Y una nunca le da importancia a ciertos detalles. No porque no los vea. Más bien, porque es más fácil no tenerlos en cuenta. Siempre nos ha resultado muy complejo ser algo objetivos con nuestras propias mierdas. Intentando, una y otra vez, maquillar la realidad. Ironías de la vida, podríamos decir que, maquillamos nuestra propia máscara. 

Cuando cierro los ojos, me veo. Hay cosas que escuecen mucho. Otras son maravillosas. Cosas con las que convivo, pero que sólo salen a la luz cuando cierro los ojos y me miro. Ahí es cuando las veo. Cuando veo como realmente soy. Tan pequeña y frágil. Inconsciente de lo que realmente está pasando. Intentando negar sentimientos rechazados. Haciéndome entender que no debo, no puedo. Mintiéndome constantemente. Siempre me invade la vergüenza y la lástima, por ocultarme tras la máscara. Enfrentarme, me duele, pero me calma. Puede que sólo sea una simple forma de recordarme mi demencia.



N.